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Con música o sin ella, el Danzón vive en La Ciudadela

 

México.- El lugar que en 1913 sirvió de escenario para un cruento golpe de estado en contra de Francisco I. Madero, ahora funge como una pista de baile para los ancianos mexicanos. En donde se escuchaba cañonazos, ahora se escucha salsa, danzón y chachachá; las botas militares que golpeaban el piso, dieron paso a zapatos y zapatillas que se mueven al ritmo de la música; en donde se escuchaban pláticas sobre el derrocamiento de Madero y su fallida presidencia, ahora se oyen conversaciones amenas acerca de juventudes lejanas.

El danzón, si bien no es oriundo de México, llegó a este país a inicios del Siglo XX para quedarse. Cada sábado, sin excepción, decenas de adultos mayores se reúnen en la Ciudadela para lucir, orgullosos, sus mejores atuendos y mostrar su habilidad para el baile. Es una tradición ser testigos de un baile que se ha negado a morir a pesar de que actualmente pululan sonidos como el rock, reggaetón, música electrónica, metal, etc.
Sin embargo, desde el 25 de febrero del presente año la música dejó de sonar, los ancianos dejaron de bailar y el folclor dio lugar a un ambiente de incertidumbre y decepción. Guillermina Servín, una mujer con siete décadas de existencia, dice, con un dejo de tristeza en su voz trémula, que Ricardo Monreal Ávila, Jefe Delegacional de Cuauhtémoc, los despojó de su lugar de recreación argumentando que ellos, los adultos mayores, golpearon a un policía y beben en demasía cada vez que se reúnen. “¿Cómo es posible que crea que unos viejitos como nosotros vamos a golpear a un policía?”, se oye a lo lejos una voz indignada.
Los hombres visten trajes holgados de colores llamativos, el azul, el morado y el rojo son sus preferidos, un sombrero de copa ornamentado con una pluma y una cita de colores coronan sus cabezas y unos zapatos de tacón, blancos, negros o cafés, pulcros y perfectamente cuidados y boleados complementan su atuendo.
Por su parte las mujeres gustan lucir vestidos largos que dejan al descubierto sus brazos y buena parte de su pecho que es discretamente cubierto con collares lustrosos, sus rostros se encuentran delicadamente maquillados, sombras rojas ornamentan sus mejillas, sus negras y largas pestañas hacen que sus ojos resalten, sus rojos labios compiten con el sol y su cabello, perfectamente peinado las dota de confianza y seguridad como en sus años mozos.
Más de un centenar de personas de la tercera edad vestidas con trajes, sombreros y vestidos, se encuentran sentados en el lugar en donde, se supone, deberían estar bailando al ritmo de la música. Sus caras se notan cansadas, su semblante denota impaciencia. La mayoría se encuentra sentada en espera de una respuesta de las autoridades, esperanzados en que la música volverá a un lugar que ahora consideran suyo. Algunos, más radicales se valen de las nuevas tecnologías y utilizan sus teléfonos inteligentes para reproducir su música y bailar.
A 30 metros del escenario unos ancianos, postrados en sillas de plástico blancas y anchas, comen frituras y toman refrescos al tiempo en que custodian una pequeña carpa en donde denuncian su situación. “La plaza del Danzón es del pueblo y no del Sr. Monreal” espeta la carpa.
Una mujer con un vestido morado que describe sus pantorrillas, cabello amarrado y cuyo rostro se encuentra excesivamente maquillado afirma que el Jefe Delegacional quiere quitarles el espacio para “poner sus exposiciones de gastronomía o artesanías y sacar dinero. Porque con nosotros los viejitos no gana nada.” Ángela Cruz, una mujer que lleva más de diez años bailando en la ciudadela indica que siente mucha tristeza por la actual situación “un día nomás dejaron de traer la música y no nos permitieron bailar.
“Supuestamente en tres semanas (el 8 de abril del 2017) ya vamos a poder bailar, eso es lo que nos dijeron los de la delegación”, comenta Arturo Córdoba, un anciano que se mueve al ritmo de la música que se encuentra en su mente, toma a su pareja y se adueña de un espacio de tres metros cuadrados en donde, sonriente, baila sin importarle la falta de música, mientras otros adultos mayores los observan con una sonrisa irónica. Otros simplemente se sientan y contemplan la pista vacía, algunos más fuman “¿Vas a fumar?, vete pa’ allá. Vas a contaminar mis sagrados pulmones”, regaña una mujer a su esposo, que se levanta de su asiento y prende su cigarrillo, ante la risa de sus compañeros que esperan, pacientemente, a que la música regrese.

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