Viernes, 22 de junio de 2018 | Año XVIII | No: 6415 | CEO: Francisco J. Siller | Dirección General: Rocio Castellanos Rodríguez


 

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updated 12:01 PM CDT, Jun 22, 2018
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Entre medusas, rayas y pingüinos.

México.- El elevador se abre y aparecen los restos de un barco con una sirena de envidiable figura en la proa, rodeados por pequeños tiburones leopardo, puntas negras  y un tiburón cola de cartón con su inseparable rémora de más de dos metros, aunque a simple vista se ve más pequeño. Son las 10 de la mañana del domingo y las 24 personas que descendieron los 20 metros al Oceanario Barco hundido, en el Acuario Inbursa de la Ciudad de México, inician su aventura.
“Nuestra visión es crear protectores del mundo marino”, reza el letrero que da la bienvenida a la aventura en el Acuario Inbursa de la Ciudad de México.
A las diez de la mañana se abren las puertas del inmueble ubicado en la calle de Miguel de Cervantes Saavedra #386, en Polanco, a un costado del Museo Soumaya. Alrededor de cien personas que integran el primer turno de acceso, uno cada hora, esperan, bajo el sol invernal dominical, iniciar su lento recorrido hacia el interior.
Son interceptadas por un joven con la camisa amarilla que lo distingue como parte del personal, el cual sopesa con una mirada de reojo si quien accede al recinto puede pagar los cien pesos que cuesta la foto del recuerdo, tamaño 6 por 8. Si considera que no, ni se molesta en ofrecer el servicio.
Dos amplios elevadores con capacidad para 24 personas cada uno de ellos, permiten descender 20 metros en el subsuelo, al Oceanario Barco hundido, el más profundo, para después ascender al Laberinto de Medusas, a la Playa Calipso y finalmente a la Boutique Submarina. Dentro de uno de ellos, un padre intenta atraer la atención de su hijo ante el misterio que se avecina: Glup, glup, sale de su boca, mientras ambos se abrazan emocionados.
“A ver, tómate una foto ahí, con el tiburón”, ordena una mujer a su marido quien dócilmente se acomoda en el marco de la vitrina y esboza su mejor sonrisa. ¡Hola pecesito!,dice un niñito mientras coloca su manita sobre el cristal por donde pasan las criaturas submarinas. En los arrecifes la vida se esconde, se alimenta, se corteja, se aparea en un arcoíris multicolor.
¡Ah! exclama un infante cuando aparece una gran mantarraya.” Mira su boca, parece que se está riendo”.
Una suave música que intenta imitar el sonido de las profundidades marinas inunda el lugar. Cada sección tiene su anfitrión, chicas muy jóvenes que no se cansan de repetir una y otra vez su diálogo, aunque a veces nadie parezca ponerles atención. Sólo en el segundo nivel, en el Laberinto de las Medusas encontramos tres adultos mayores. Una mamá intenta convencer a su hijo que la tortuga Sulkata no es de chocolate blanco y no se come.
¡Mami, huele a bloqueador!,afirma un niño al entraral nivel de Playa Calipso cuya escenografía simula eso, una playa rodeada de restaurantes, lanchas ytablas de surf
¿Cómo se llaman estos peces? pregunta una chica a su amiga,mientras señala a un pequeño pez mero.” No tengo idea pero véle la bocota, parece que tiene botox”. “Mira el ajolote, está haciendo bucitos, es como un dragoncito”. “Sí, yo tenía “desos, pero ya están en extinción”. 
“Dile a tu papá que venga por si se quiere tomar una foto con Andrés Manuel”, le dice un hombre picaronamente a su mujer mientras contempla la vitrina de los pejes-lagarto.
¡Wow! ¡Ooh! ¡Aah! exclama la multitud mientras ingresa al último nivel, Boutique submarino y se encuentra sin duda con los reyes del espectáculo, las estrellas del acuario, los seis pequeños pingüinos Gentoo que desde hace poco más de dos meses cambiaron de residencia, desde Japón, en donde fueron criados en cautiverio, hasta el corazón de Polanco, en la Ciudad de México.Se trata de tres hembras y tres machos, cuyo peso no excede los 8 kilos, los cuales se estima formarán tres fidelísimas parejas “hasta que la muerte los separe”, pues entre sus congéneres no existe el divorcio.

¡Hoola! ¡Están bien padres! ¿Ya los viste? exclama la multitud que se agolpa tras del cristal en donde se encuentran las aves. Los pingüinos se lucen, posan para las fotos, nadan en grupo, salen a alimentarse de la mano de la chica que, abrigada de pies a cabeza, permanece dentro de su morada para asegurarse que las “estrellas” estén bien comidas.

Desde su inauguración el 11 de julio del 2014, el Acuario Inbursa ha recibido hasta la fecha a más de ochenta mil personas que han podido admirar a los más de tres mil ejemplares que nadan en 1.6 millones de litros de agua salada traídos desde el Golfo de México.
Los visitantes este domingo, en su mayoría nacionales, están conformados por familias que desean conocer esta nueva atracción del empresario Carlos Slim, cuya inversión rebasó los 250 millones de pesos. Para ello han debido pagar 129 pesos por persona, 110 en caso de ser adulto mayor y 160 si compraron sus boletos por ticket master, lo que les garantiza acceso directo a las instalaciones. 
“Cuando se inauguró, los que acudían eran los vecinos del lugar, entre semana, para evitar las aglomeraciones”, dice Miguel, uno de los guías,” gente pudiente, precisa, de clase alta, los de “White collar”, por curiosidad, tal vez. Ahora ya es diferente, la afluencia ha ido cambiando. Entre semana asisten los grupos escolares que arman casi siempre un gran barullo”. 
Al final del recorrido, que no dura más allá de 45 minutos, aparece el marketing, todo tipo de figuras, tazas y playeras con símbolos acuáticos cuyo precio oscila entre los 150 y los 500 pesos. Ahí también quienes decidieron fotografiarse al inicio del recorrido, pueden recoger sus imágenes, ahora rodeadas de cardúmenes multicolores. 
La aventura termina. Los visitantes empiezan a retirarse. Algunos de ellos manifiestan que sus expectativas  respecto al Acuario eran mayores por pertenecer al empresario Carlos Slim. Otros, sin embargo, se notan contentos y satisfechos con la experiencia vivida. A paso lento cruzan la calle para ir por su auto a Plaza Carso o Pabellón Polanco, ya que el Acuario no cuenta con estacionamiento propio y por consejo de los vigilantes del mismo, decidieron no retar a las grúas de tránsito “que andan gruesas”, aún en domingo.  

 

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