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Martes, 19 de noviembre de 2019 | Año XIX | No: 6929 | CEO: Francisco J. Siller | Dirección General: Rocio Castellanos Rodríguez

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÷Poe+: Eduardo Mosches

  • Escrito por Mesa de Redacción
  • Publicado en Estilo

[Eduardo Mosches, el poeta mexicano nacido en Buenos Aires que este año celebra sus siete décadas y media de vida, ha escrito para esta sección cultural de Notimex los cuatro primeros poemas y los seis restantes proceden de su antología El río sin orillas / 1979-2014, poemario que el año pasado le editara la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de México.]

  

El día se hace ciego

poemas de Eduardo Mosches

 

Duelo

Las nubes se dispersan con el empuje

de un viento creado por aviones,

que rasga el momento  previo al desayuno.

La mesa se tambalea  junto al niño

cae el vaso y su líquido

en una estela lenta  quebradiza.

Sus ojos se impregnan de pavor

ante el sonido  duro seco  estridente

la garganta se cierra  como puerta

de metal sobre unos dedos.

La explosión hizo trizas el espejo

de sus propias facciones.

El polvillo de la casa

será acariciado con suavidad

por el sol que ha salido

como   todas las mañanas.

  

El aroma dolorido

a la memoria de Omar Hussein Dardoura, niño asesinado en Gaza

El mar de las colinas.

Ascender en la maraña que la naturaleza teje

sortear las espinas mientras la tela de lo cotidiano

se desgarra con suavidad

rozar en la piel sudorosa calor de mediodía

en estas tierras donde el trópico se mece sorprendido

por un viento frío que llega por la puerta del atardecer.

Los granos rojizos prendidos a la planta

son desnudados por las manos febriles

que recogen con la rapidez que se les increpa.

Las bolsas engordan sus formas

al ritmo que el agua de los granos

                 fragmentos de brasas fríos

se vierte desde las manos doloridas.

El día se hace ciego

mientras el cuerpo…

 

El arpa enlaza el cielo a la tierra

                            para Adriana Cao

Las dos manos entreabren sus dedos,

enhebran las primeras falanges a las cuerdas

y enlazan  los sonidos a este telar de aire,

donde chisporrotean en el vibrar de nubes

a nivel de los ojos ,

en resonancia  intensa juguetona ,

mientras el río discurre y nace

en medio de la habitación,

inunda  los sentidos,

instaura  nuevos, mientras los dedos crean figuras  etéreas

hechas materia ligera: sonorizado aire,

en el deambular hipnotizado por la música.

El cuerpo de la arpista se mueve

al ritmo que cada arpegio crea la propia felicidad,

sus pies vibran y golpetean el suelo,

hace tierra la música en ecos de balsas soneras

que navegan el río ancho color madera seca,

inundan  las aguas vertiginosas el cuerpo y las emociones

de aquellos que escuchamos,

crea otras felicidades.

Estas  cuerdas son portadoras de libertad,

movimientos del interior que copulan con fervor

con los cuerpos de los bailarines en calma.

Las manos tejen sonidos

de esta inasible tela de lo audible.

Las sonrisas se descuelgan como globos

buscan nuevos paisajes por esta tierra.

 

El mono de los deseos

Nos rodeaba una jaula de cristal

afuera los árboles de gruesas ramas

de anchas hojas verdes

algunos pájaros revoloteaban

acerqué mi mano acaricié su cabeza pequeña

El cuerpo se movía con rapidez 

sus largos brazos negros betún

terminaban en dedos de pianista

saltó al hombro rodeó mi cuello con su cola

su respiración era rápida y frágil

ese jadear

detonó un velado recuerdo:

la higuera refugiaba mi cuerpo en la niñez

callado miraba desde la proa imaginaria de mi barco

avanzaba en  mis cuentos navegantes

para arribar a tierra nueva 

me escapaba envuelto entre las hojas

Tener a este mono entre mis brazos

sentir el palpitar  agitado de su cuerpo

ver cómo su lengua rojo claro aparecía en un  bostezo

mis recuerdos se unían en ese momento

al movimiento domesticado de este equilibrista de los árboles.

El sol creó un largo cuarzo de luz

fue a esconderse en sus ojos

un fragmento repentino de interrogación

se coló en el espejo de las preguntas

¿olerían diferente los árboles libres de sus padres?

¿en sus sueños destruirá la jaula de cristal?

Mas allá del portón de la casa

los automóviles  atraviesan

impaciente y ruidosos

los rumbos diferentes de esta vida.

bajo el techo de un pedazo de plástico

a descansar

con el calor de una tortilla.

El aroma sorprendente de una taza de café

hace volutas en alguna mesa citadina.

 

Concierto

               en recuerdo de Esther Seligson

La música desamarra

cajones de recuerdo

pan entre infancia y manteca

barriletes perdidos por azoteas vecinales 

sonrisas descubiertas en los cabellos de mi hermana

cruzan bicicletas en praderas de vaqueros América grita y descubre a Colón

mi abuelo clava suelas de zapatos

escupiendo las tachuelas en ruso

se incrustan

en alguna calle perdida de los retratos en el incesto muy deseado

detrás de las cortinas

que alumbran combinaciones tatuadas en la piel

de tanta esquina envuelta en mis talones.

Recorrer del violín por los muslos del tango

manos acarician cortezas de niños

adolescente dibujo las caderas

en Susanas que siempre han dicho no garganta eyacula veranos

incendio en las ingles

mano de prima araña en mis raíces y el sol con todo y rayos

humedece la espalda y una maceta

de sí mismo.

Entre arrugas

vulgar sismo de velas miro a veces detrás de las respuestas.

 

Noche de vino y verde

Los animales pequeños

olfatean y mueven sus cuerpos con la premura que el calor

del follaje reparte a los costados

y desparrama sobre sus costillas

recubiertas de olores y piel.

El verde repercute en el olfato

entrelaza matices que animan

al viento en una danza semi inmóvil trastornada

petrificado en esa gota de sudor que

derrama desde la fuente de los ojos

depositando simiente de otras miradas unen la mía con la tuya

―en una mesa en que las notas musicales

se encaraman con mucho esfuerzo

por riscos de nuestros oídos ante el caminar agitado

nervios de esta cercanía

              a pesar del humo

y gracias al vino tinto y blanco

se mancomunan moldean

unas venas y contenido

que desliza juguetón

            su penacho ardiente

en un tacto con ganas de pieles.

Sin aliento

         borboteando en silencios

las copas verdes y las ramas muertas todavía existen

bajo el mantel de la mesa

en que los codos se apoyan

al ritmo dilapidado estremecedor

de las palabras que enhebran

                            borrachas

con el jugo de nuestros labios secos.

Las páginas de los libros

y las puertas del recuerdo

se abrían y cerraban

con la misma velocidad

en que una gacela

corre despavorida en dirección

a un refugio inexistente

mientras las pezuñas vibran estremecidas

con el pensamiento de una carne

que se abre irisada de pánico.

Mi tacto se ha hundido

pesadamente

                tocando fondo

en ese blanco y ardiente despertar helado.

La yema de los dedos

se desprende en largas tiras

bandera solitaria

ante la posibilidad de aprehender

el verde.

Los ojos miran a través de sus cuencas.

El viento sigue desprendiendo ramas.

La hoja ha secado su otoño.

 

Reacomodo

Miro atrás del montículo

de uñas mordidas

por estos años que se reacomodan

en los ombligos del presente

tatuados por los anillos

de tanto árbol caído

en esos claros selváticos

en que dejé atrás al balbuceo en cuatro patas.

Arrastrarme o gatear

fueron momentos rudos y tiernos

en este aprendizaje.

 

La azada sorda

El café oscuro

tiene el sabor de las despedidas.

Los labios se perforan con tanta palabra

desea destapar ese caracolear

en el estómago

adentra profundidad en las napas más ardientes fugaces y eternas

de la sequedad

formando rebanadas de sal

en la lengua del náufrago marino.

Decir algunas cosas con simplicidad

es una búsqueda constante

me cuesta

temor a las palabras de los lunes como soledad de dos

sábanas frías y piel deshabitada.

La noche se transforma en una azada sorda que ahueca las tumbas del recuerdo.

Las despedidas amorosas

son como las cartas sin destinatario

se pueden extraviar

la duda es una estampilla con el valor injusto.

Los nudillos golpean el enrejado de la rabia

se descuelgan largas hebras de llantos

y absurdos

desmorona con lentitud

el ego envuelto en la tortuosa madeja del yo mal herido

revolcando la sangre en pastos

de las lecturas

o de un papel blanco del que cosecharán

las letras para formar muñones nuevos

en este cuerpo de venas y calambres

que sigue flotando en el constante

océano del deseo de amar.

Los árboles esperan pacientes ser transformados en troncos para balsas.

 

 

 

Cierta torpeza

Los cuerpos esperan agazapados

tensos sus músculos

arando lento en la madeja olorosa de cada nervadura en la piel.

La conversación es ya perfume

cargado rancio animalesco

somos odres de aceite

mojamos la calma

intenta nadar

ahoga en olas

la espalda se curva

en una forma arquitectónica

totalmente momentánea.

Las uñas zarpan en busca del lago círculos se van ampliando

meteoros cruzan entre los párpados

el acero hirviendo silba con el líquido tropezones entre las cuestas

cierta torpeza de ardilla en el desierto

gorrión sobre mar

de nosotros

corretear husmeando

este iniciado intento amoroso.

Los cuerpos dejarán de tratarse de usted.

 

Por ésas

Las rodillas tiemblan al rozar el vacío

es simple recordar

tantas almohadas con el hueco del reposo

hundir el dedo en la piel balbuceada

por esas pieles orilladas

al costado del tiempo.

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