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ANTÓN CHÉJOV HIZO DE LA BREVEDAD EL SELLO DE SU GRANDEZA

  • Escrito por Mesa de Redacción
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Con más de 600 cuentos en su haber, 17 obras de teatro y dos ensayos de gran calado, el escritor ruso Antón Chéjov (1869-1904) alcanzó la inmortalidad con relatos alejados de lo sublime, pero llenos de sensibilidad y sentido del humor, en los que destacó su habilidad para recrear un sinfín de matices emocionales.

“La brevedad es la hermana del talento” solía decir, acaso para ponerse al nivel de colegas de la época, quienes más bien se caracterizaron por una obra extensa, como fue el caso de León Tolstoi (Ana Karenina) o Fedor Dostoievski (Crimen y Castigo).

Y breve también fue su vida, que acabó a los 44 años a consecuencia de una tuberculosis que había contraído de su esposa legal: la Medicina, la cual no pudo arrebatarle la gloria que le dio su amante: la Literatura, en la que se inició desde joven, cuando comenzó a publicar en periódicos y asumió que escribir podría ser una forma de solventar sus carencias económicas.

Hijo de un padre alcohólico y de una mujer con una habilidad única de cuenta cuentos, Antón Chéjov tuvo una infancia difícil, marcada por el rechazo de su progenitor, al cual incluso tuvo que ayudar a mantener cuando el alcohol y las deudas lo hicieron mudarse de Tagangron (Ucrania), su tierra natal.

Cuentan que sus primeros cuentos los publicó en algunos periódicos, firmados bajo seudónimo y que a los 20 años se editó su primer libro, haciendo de la literatura un cheque en blanco para pagar sus estudios de Medicina, y más adelante comprar unas tierras y poner un dispensario, en el que atendió de manera altruista a todo aquel enfermo que se atravesó en su camino.

Biógrafos y estudiosos de su obra coinciden en considerarlo un partidario del progreso, del cambio social y sobre todo un altruista incorregible que, pese al éxito que alcanzó como escritor, siguió ejerciendo la medicina, involucrado en la erradicación de epidemias y campañas para el cuidado de la salud.

No es de extrañar la gran empatía que sentía por los pobres, pues él mismo venía de una situación precaria; tampoco por aquellos que no habían logrado lo que querían de la vida, como él mismo se consideraba; y es que debido a su profesión de médico conoció a muchas personas en esas condiciones, lo que debió haber hecho aflorar su sensibilidad.

La fragilidad humana fue algo que lo marcó desde joven y esa sensación de desamparo pudo agudizarse en 1887 cuando apareció la tuberculosis, entonces una enfermedad inexorablemente mortal. Condición que no escapó a su obra, en la que, sin embargo, no habla de la muerte como una sombra trágica y sombría, sino con la serenidad de quien ha meditado sobre la finitud y ha comprendido su necesidad.

Sabiéndose condenado, su postura fue que no se vive dos veces y, por ese motivo, debía apreciar cada día, cada instante; no para buscar placer inmediato, sino para imprimir un significado a su existencia.

El ÉXITO Y EL OCASO

Eso explica lo prolífico que fue en algún momento este representante fundamental del naturalismo moderno, cuando escribió hasta 100 relatos en un año, aunque no preocupado por dejar una vasta obra, que además de extensa fue de gran calidad tanto en materia narrativa como en dramaturgia.

Sobre sus cuentos se ha dicho que parecía esparcirlos sin arte, sin intención estética alguna, tal como la gente percibe la vida misma, de ahí que se le considerara maestro del relato corto, uno de los más importantes escritores de este género en la literatura universal y la voz más natural de la ficción.

En materia de dramaturgia, donde dejó obras imprescindibles como El jardín de los cerezos, El tío Vania y Las tres hermanas, destaca como pionero en introducir la técnica del monólogo en las piezas teatrales, lo cual más tarde imitarían otros escritores consagrados como James Joyce, Tennesse Williams, Raymond Carver y Arthur Miller, por citar algunos.

En 1887, la compañía del Teatro de Arte de Moscú, con Konstantin Stanislavski al frente, repondría con gran éxito La gaviota, que había fracasado un año antes, y lo catapultaba a la cumbre, al explorar los nuevos principios de subtexto y la cuarta pared, que expresaron de manera adecuada las tribulaciones interiores y los sentimientos íntimos que caracterizaban los personajes de su drama simbolista.

Los últimos años del siglo fueron intensos, a la par de su éxito en teatro continuó con sus relatos, pero también con sus obras altruistas, en 1892 se compró una casa en Mélijovo, donde construyó tres escuelas; en 1897 cayó gravemente enfermo y viajó a reponerse a Niza; un año más tarde, en 1898, murió su padre y conoció a la actriz Olga Knipper, con quien se casó en 1901.

En esa época decidió recaudar fondos para paliar la hambruna en Samara y suministrar más de 400 mil comidas a 3 mil niños de la región, una recaída lo hizo vender su casa en Mélijovo y mudarse a Yalta, en Crimea, donde tuvo lugar su cuento La dama del perrito. En 1902, recaudaría fondos ahora para edificar un hospital para enfermos de tuberculosis y concluyó su penúltimo relato: El obispo, cuyo enfermo protagonista es él.

En 1904 una nueva recaída lo llevó a viajar de Yalta, a un balneario alemán en la Selva Negra, donde murió el 15 de julio; su traslado a Moscú fue en un tren, confinado en un vagón refrigerador. Cuentan que su ataúd desfiló solo porque quienes lo esperaban se confundieron con un contingente que vitoreaba a un general ruso.

Su fama llegó después de la Primera Guerra Mundial cuando comenzaron a publicar sus textos en inglés, en vida sólo había sido reconocido con el Premio Pushkin y en 1900, cuando lo eligieron miembro de la Sección de Letras de la Academia de la Ciencia.

No obstante, la mayor distinción es el consenso de que “nadie mejor que Chéjov ha representado el fracaso de la naturaleza humana en la civilización actual y más especialmente el del hombre culto ante lo concreto de la vida cotidiana”. 

INFOMX/NTX/MCV/LIT19

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