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Alberto Blanco: al servicio de las palabras

Por Julián Crenier

[El XXXI Festival Internacional de Poesía de Zacatecas, que se lleva a cabo desde el año 1982 en esa ciudad ―denominado Festival de Poesía Ramón López Velarde desde 1988 e Internacional desde el año 2007―, finaliza hoy sus actividades, que dieron comienzo el miércoles pasado. En esta ocasión el máximo galardón de esta fiesta literaria recayó en el poeta Alberto Blanco, quien departió esta charla…] 

México, 07 de diciembre .― Este fin de semana el poeta, músico y artista plástico Alberto Blanco (Ciudad de México, 1951) recibirá el Premio del Festival Internacional de Poesía Ramón López Velarde 2019, que cada año se realiza en la ciudad de Zacatecas por el empeño del poeta José de Jesús Sampedro.

      Autor de más de una treintena de libros, Alberto Blanco accede a una entrevista con Notimex para hablar acerca de su obra poética y de sus concepciones de esta forma de expresión a la cual ha dedicado la mayor parte de su vida.

 

La alianza entre poesía y filosofía

―Entre otras cosas, usted estudió filosofía, ¿cree que es correcto lo que dice Miguel de Unamuno de que el poeta y el filósofo son uno mismo?

      ―Yo creo que no, que la poesía y la filosofía son dos artes, dos prácticas, dos oficios, dos lenguajes diferentes. Puede ser que ambas, la poesía y la filosofía, aspiren en última instancia a la verdad; o a una cierta verdad. La ciencia también. “Poesía y verdad, tal como las entendemos”, dice René Char, “son sinónimos”. Y precisamente, si en algo difieren la poesía y la filosofía, es en la manera de usar las palabras en la búsqueda de la verdad: su verdad. En este punto crucial la poesía y la filosofía pactan una alianza: ambas actividades ancladas en el lenguaje intentan acercarse a la verdad mediante una utilización muy peculiar de las palabras. Una manera de usar el lenguaje que las coloca en la posición de los dos platillos de una misma balanza: sí, es bien cierto que forman parte del mismo aparato, pero sus círculos de acción son diametralmente opuestos. Antitéticos. Así nos lo hace constar Borges cuando dice: “El poeta no construye enunciados sobre la realidad, sino construye la realidad por medio de enunciados”.

      ―Tengo entendido que sus primeras lecturas poéticas fueron de personajes como Baudelaire y Rimbaud, ¿cree que el poeta debe comportarse bajo la figura, un tanto cliché, de poeta maldito, viviendo su vida al límite para realizar su arte?

      ―Hace algunos años, en una larga entrevista que me hizo Elena Poniatowska, me preguntaba si yo había comenzado leyendo a López Velarde. Y yo le dije que no, que en la adolescencia yo no conocí a López Velarde. Y eso que fui un lector precoz; había leído muchísimo para mi edad, pero había leído poca poesía. A los 16 o 17 años comencé a descubrir a todos los simbolistas franceses, a Baudelaire, a Rimbaud, y a través de ellos a los surrealistas. Realmente la poesía mexicana la comencé a descubrir después, de tal manera que López Velarde no fue de mis primeras lecturas. En todo caso queda claro que algo pasó en aquellos años (y yo creo que es una experiencia central para entender la práctica de la poesía) cuando descubrí que las palabras no son nada más un simple vehículo para expresar lo que uno siente, lo que uno piensa, lo que uno imagina, lo que uno sueña, lo que nos duele o nos molesta, sino que en el lenguaje y con el lenguaje existe otra posibilidad, que es lo que a mí se me reveló entonces, a los 18, 19 años, que es la de empezar a descubrir lo desconocido a través de las palabras. Se trata, por decirlo así, de un proceso que bien podríamos considerar inverso al normal: uno se pone al servicio de las palabras, y las palabras son las que empiezan a guiar la búsqueda y a mostrar cosas que uno jamás había pensado, que nunca había sentido, que no había soñado o imaginado. Cuando se abre la posibilidad de usar las palabras al revés de como se usan normalmente, comienza un juego por entero distinto. Desde entonces la escritura se convirtió para mí en un verdadero oráculo, una práctica de introspección y de conocimiento. Si se quiere, se puede ver una relación aquí entre la práctica de la poesía en mis inicios y el llamado de Rimbaud, más que al desarreglo sistemático de los sentidos, a la alucinante posibilidad de que el poeta se convierta en vidente: que sea capaz de ver más que los demás y más allá.

 

La teoría del arte

―¿Considera su poesía como un acto personal de contemplación?

      ―Es imposible ya no digamos escribir un poema, sino emprender cualquier acto en la vida con un mínimo de sentido, sin observar atentamente todo lo que sucede, a nuestro alrededor y dentro de nosotros; en nuestra mente y en nuestro cuerpo; en nuestra sociedad y en la naturaleza; en el presente y en lo que va más allá del presente. Si a este acto de observar con atención le queremos llamar “contemplación”, entonces queda claro que la pregunta ya tiene respuesta.

      ―Usted ha dicho que la poesía debe contar con dos factores fundamentales: imágenes poderosas y musicalidad, ¿cómo podemos distinguir un buen poema en un mundo donde muchos de los poetas jóvenes optan por abandonar el verso y la rima?

      ―Inclinarse por la musicalidad o por la capacidad de imaginar en un poema, por sus posibilidades filosóficas o lúdicas, es lo de menos. Puede ser así o de muchas otras formas. Y ni qué decir que el uso o no del verso o del ritmo, de la rima o de cualquier otro recurso, obedece a muchos factores y no es en sí mismo determinante. Lo que de verdad importa en un poema es si el lenguaje nos está llevando a ver y comprender todo de otra forma.

      ―¿Está en su poema “Teoría del arte” la concepción actual de Alberto Blanco de lo que representa el trabajo artístico?

      ―Dudo mucho que un poema pueda considerarse como “una concepción de lo que representa el trabajo artístico”. Lo que sí sé es que el poema “Teoría del arte” funciona. Lo compartimos con los lectores:

 

Teoría del arte

I

El arte

es la celebración

de estar despierto.

Despertar

es celebrar

con arte.

La celebración

es el arte

de despertar.

 

II

Sé lo que quiero representar

y cómo representarlo:

Arte Tradicional.

Sé lo que quiero representar

pero no cómo representarlo:

Arte romántico.

No sé lo que quiero representar

pero sé cómo representarlo:

Arte moderno.

No sé lo que quiero representar

ni cómo representarlo:

arte postmoderno.

 

III

Traducir a la forma

lo que uno piensa

es un trabajo de ilustración.

Plasmar en una forma

lo que uno intuye

es una obra de arte.

Cifrar la forma

de lo que uno ve

es una obra maestra.

Ver más allá de la forma,

del nombre y la intuición,

es volver al principio.

 

El 68 y la escritura poética

Cuando tenía la corta edad de 17 años, Alberto Blanco vivió la matanza del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y al mismo tiempo comenzó a incursionar en la poesía:

      ―Yo no viví el Movimiento Estudiantil del 68 como un factor en este tipo de gestas sociales. Lo viví por pura intuición, por un lado, y con mucha rabia contenida, por el otro, que halló en el Movimiento ocasión de manifestarse. Y fue justamente entonces que empecé a escribir poesía. Pero, desde luego, yo no sabía que lo que estaba escribiendo era poesía; simplemente usaba las palabras de un modo absurdo para tratar de comprender muchas cosas que no comprendía, para tratar de echar luz en la enorme confusión que sentía a mi alrededor. Yo estaba muy cabreado con todo, con la escuela, con la familia, con la religión, con la política, con mis amigos, con todo…  y justo en esos momentos comenzó el Movimiento del 68. A mí, con muy pocas luces políticas, me pareció que apenas si era lógico que pasara algo así. Eso que estaba pasando afuera se correspondía perfectamente con lo que yo sentía por dentro. Y fue en ese preciso momento en el que yo comencé a escribir de otra forma, por pura desesperación.

      ―¿Cree que la poesía se lee poco hoy en día?

      ―Por un lado es obvio que los libros de poesía circulan muy poco; en México, por ejemplo, se siguen haciendo tirajes de mil o dos mil ejemplares de un libro, y con frecuencia aun menores, cuando el país cuenta ya con más de 125 millones de habitantes. No hay más que hacer cuentas. Pero, por otro lado, la poesía encuentra otros caminos… ¿Qué tanta poesía “leen” los jóvenes en Internet, o conocen y disfrutan a través de la música o de otras manifestaciones? Es imposible saberlo. Baste pensar en la cantidad de gente –muchos millones– que se han acercado a la poesía a través de las canciones de Bob Dylan, por dar sólo un ejemplo. Lo que sí sabemos es que se sigue escribiendo poesía; y no poca. Pero, a final de cuentas, con la poesía, como con todo el arte, lo que cuenta no es la cantidad sino la calidad.

 

Música y traducción

Alberto Blanco también cuenta con estudios en química. Le preguntamos de qué manera ha influenciado esta ciencia en su obra:

      ―Respondo con un poema breve y otro que no lo es tanto:

 

La

ciencia

me enseñó

Que

el sol no es

el centro del universo

El sol

me enseñó

que la ciencia tampoco

 

 

Declaración de principios

Señoras, señores:

antes de comenzar esta lectura

quiero confesar aquí, del modo más natural,

un par de cosas de mucha o poca monta (según se vea)

y, muy probablemente, sin importancia alguna.

La primera de ellas es que yo soy un químico.

No quiero decir con esto que es todo lo que soy,

pero sí que mi formación es de científico

y que, por lo tanto, entre nosotros

no será difícil estar de acuerdo en que 1 + 1 = 2.

Claro está que si alguno de ustedes

piensa que 1 + 1 = 3, yo estoy de acuerdo.

O si alguno de ustedes va más lejos

y piensa que 1 + 1 = 3.1416… también.

Todavía más: si alguno muy osado

piensa que 1 + 1 = 0, también lo suscribo.

Aunque debo confesar

–y esta es la segunda cosa que yo quería confesar–

que siento una fuerte inclinación a creer que 1 + 1 = 1.

Pero cada científico tiene las ecuaciones que se merece

(o las ecuaciones que se le parecen) y no pienso

hacer de esta fórmula una proposición universal.

 

―¿Cómo ha sido para usted desenvolverse en tantas disciplinas, aparte de la poesía, como la música y las artes visuales?

      ―Todo es grano para el molino, no sólo otras artes, sino todo: lo que ya pasó; lo que está pasando; y hasta lo que está por pasar.

      ―¿Qué ha significado la traducción para su carrera literaria?

      ―Dice Pound, y dice bien, que el poeta joven, aunque cree que tiene mucho de qué escribir, en realidad tiene bien poco, pues apenas comienza a vivir. Se puede discutir qué tan cierto es esto, y sacar a relucir el caso de Rimbaud, excepcional, como siempre. Pero creo que, en términos generales, es cierto. Y ante esta situación Pound aconseja dos cosas que me parecen sensatas: estudiar un instrumento musical y traducir poesía de otros idiomas. Yo no estoy para darle consejos a nadie, pero sí puedo dar testimonio de que hice, por mi cuenta y porque quise, lo que Pound decía: apendí a tocar el piano y traduje mucha poesía.

      “Ambas prácticas han sido para mí muy importantes en la práctica de la poesía, y de algún modo u otro siguen presentes: sigo tocando el piano y traduzco algo muy de vez en cuando, pero sí que hice mi tarea. Traduje a una enorme cantidad de poetas de lengua inglesa: desde Emily Dickinson, por quien siento un amor muy especial, hasta W. S. Merwin; desde Allen Ginsberg hasta Walt Whitman. He traducido a Gary Snyder, a Kenneth Patchen, a Robinson Jeffers, a Ammons, a Robert Bly, a Charles Olson, a Lawrence Ferlinghetti.  He traducido a Philip Lamantia.  He traducido a Robert Creeley, a Robert Mezey, a Julian Palley.  La verdad, son tantos…

      “Poetas más jóvenes, a Robert Jones, por ejemplo, a Gary Soto, a Lorna Dee Cervantes, a Michael Palmer. Pero he traducido también a poetas de otras lenguas, como Jules Laforgue, por ejemplo, de quien T. S. Eliot bebió tanto. Y he traducido a Eliot y a Pound, por supuesto.  Ezra Pound me enseñó mucho sobre la traducción. He traducido del portugués también, a Fernando Pessoa, que es, tal vez, mi poeta favorito. He traducido poesía china. Aprendí el chino para poder leer a los poetas chinos que más quiero: a Su Tung Po, a Wang Wei, a Tu Fu, a Po Chu Yi, a Tu Mu, a Li Po. He traducido con el tiempo, y haciendo un gran esfuerzo, completo el maravilloso Tao Te Ching. Incluso, he cometido la temeridad (o la barbaridad) de traducir a poetas cuya lengua original apenas entiendo, como el danés Ivan Malinowski, o como Bertolt Brecht.

      “Sin embargo, debo aclarar que en estos casos me he basado en todas las traducciones que he podido conseguir pidiendo el apoyo de gente que sí habla el idioma original. Lo he hecho para traducir poemas que a mí me dicen mucho. Desde luego también he traducido textos budistas que para mí son muy importantes. He traducido completo El Dhammapada, por ejemplo. De tal manera que el paisaje es muy rico y extenso.

      “Sólo agrego que he dedicado mi vida a la poesía, no a hacer una carrera literaria. Como digo al final de mi poema "Teoría poética":

 

Si la poesía es una carrera,

se trata de una carrera peculiar:

hay que correr más rápido que la belleza

para que parezca que le damos la espalda.

Si la poesía es una profesión,

se trata de una profesión de fe.

Si la poesía es un oficio,

se trata de un oficio de tinieblas.

/JC/VRP

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