Logo
Imprimir esta página

UNA SOMBRA EN LA OSCURIDAD…

IMG 20200531 WA0008

“Dedicado a tod@s l@s niñas y niños en su día 

“Todo lo que puede ser imaginado es real” 

Pablo Picasso

 

México.- Allá por los años 70’s, en una comunidad de la zona media del Estado de San Luis Potosí, al que algunos denominaban “el Terrero”, se ubica la Reforma, una comunidad perdida en los confines polvosos, rodeado de rancherías, cuyos habitantes eran gente pobre. El trabajo iniciaba muy temprana la mañana en una tierra agreste. La labor era ardua y fatigosa. El campo árido en la mayoría de los meses del año, era vencido por la fuerza de la voluntad del campesino. Así se forja a diario el carácter de estos hombres. 

Los que no se dedicaban al campo, su oficio era el de albañil y unos pocos, trabajaban en un gran establo y en las huertas de naranjos, propiedad de un terrateniente originario del municipio de Río Verde. 

Los campesinos sembraban y cosechaban maíz y frijol, principalmente, para su autoconsumo.

Las casas se construían con adobe, carrizo, paja y lámina de cartón o galvanizada. Esta localidad era la única en el contorno que tenía escuela primaria –los seis grados-, gran privilegio entonces, aquí acudían los niños y niñas de Reformita, Ojo de Agua, Solano y la Noria.

El agua se extraía de pozos que estaban ubicados muy cerca del río y se acarreaba a las casas en botes o cubetas de lámina. No había agua potable. Era común ver a mujeres y hombres cargar dos botes con una extensión corta de mecate, pendientes de un trozo de madera arqueado –al que llamaban burro-, acomodado en los hombros.

Cuando el río traía agua en época de lluvia, las mujeres aprovechaban para ir a lavar la ropa, en tanto que los niños y niñas se metían al agua y jugaban.

Las familias eran muy grandes -10, 12 hijos-, y la pobreza otro tanto. Los recursos muy escasos hacían que las mamás se las ingeniaran para rendir, lo que el jefe de familia aportaba, de tal manera que ellas diseñaban y confeccionaban los vestidos, camisas, pantalones y demás prendas de todos los integrantes de la misma; al menos tener dos o tres cambios, en el campo no necesitas más.

Es en este contexto  que  hablaré de una de esas familias, conformada por once hermanos y ambos padres,  muy humildes; el único ingreso para mantener a la familia era el salario del papá, quien trabajaba en el establo.

Esta es la imagen del México posrevolucionario en un ambiente totalmente rural, donde los ingresos monetarios no eran suficientes y, por lo tanto, era necesario hacer algo más,  aunque la mamá se las ingeniaba para estirar el gasto y cubrir lo indispensable,  no bastaba. El papá llegaba entre las 4 o 5 de la tarde, cansado, después de una jornada de trabajo agotadora, medio comía y empezaba a elaborar huaraches de cuero; con esta labor extra, respiraban un poco con los gastos.

La familia la integraban 7 mujeres y cuatro hombres, y sólo se disponía de un cuarto muy grande –quizá 8 por 4m2- hecho de adobe y lámina galvanizada, una ventana y puerta de madera, ambas de dos hojas. El techo tenía un cielo de manta blanca, para aislar un poco el calor sofocante, en época de primavera, y en el invierno que fuera una poco más tibio. Había “dos camas” acondicionadas, con block, tablas y colchonetas; además de dos o tres petates. Las mujeres dormían en las “camas” y los hombres en los petates; mientras que los papás lo hacían en el portal -también en una cama improvisada- adjunto al cuarto.

La rutina se repetía día con día, los de seis años en adelante se iban a la escuela primaria, las dos más chicas se quedaban  en casa. Mientras que los que habían terminado la primaria, ayudaban al papá en la siembra y la cosecha.

En aquel tiempo la asistencia a la escuela era por la mañana y por la tarde. En la mañana se tenían todas las actividades escolares y en la tarde las artísticas y creativas; en el caso de las niñas, aprendían a bordar, tejer y algunas manualidades.

A partir de las 6 o 6:30 de la tarde se reunían muchos niños en la calle, entre primos, amiguitos, vecinos, para jugar al futbol -con una pelota hecha de trapos viejos-, béisbol, brincar la cuerda, rondas, a las escondidillas, “a que te robo un alma”, a las estatuas de marfil, hilitos de oro, el avión, la matatena, las canicas. Todos estos juegos estaban condicionados a la luz solar, ya que por las noches solo una lámpara en lo más alto del poste de la esquina alumbraba la calle terregosa.  Es en la infancia, donde el tiempo no existe entre juego y juego. Solo el grito de las mamás llamando a la merienda que por lo general consistía en un jarro de café negro y un birote, rompía el encanto de la distracción infantil.

Cierto día, los pequeños se quedaron hasta muy tarde jugando. Las únicas luces que tenían eran la de la luna y las de un cielo lleno de estrellas brillantes cuyo resplandor se sentía tan cerca, que todos los chiquillos creían tenerlas al alcance de la mano. Una de las niñas de la familia que refiero, distraída en los juegos, no percibe el avance de la noche. La voz de enojo de su mamá, la hace reaccionar en una gran carrera hacia lo más negro de la calle, ahí donde el farol de la esquina no alcanza alumbrar. Corre lo más que puede, para pasar muy rápido por la parte más tenebrosa del trayecto hacia su casa, pues a sus seis años, y al verse ya sola, le da miedo la oscuridad.

A unos escasos metros, antes de llegar a su casa, un enorme bulto blanco está atravesado en lo ancho de la calle, y al no poder librar ese obstáculo cae, tallándose las rodillas y rompiendo en llanto. Uno de sus hermanos corre para ver qué le pasó, ella voltea y le señala que había algo en la calle. Su hermano la toma en sus brazos y la lleva a la casa… Nadie le hizo caso respecto a lo que la niña describía. Ya no tomó café. Por el cansancio, el golpe y llanto, se quedó dormida.

Al otro día no se  levantó, tampoco quiso desayunar; sólo quería seguir durmiendo. Sus hermanos se fueron a trabajar la tierra, y los demás a la escuela, sólo se quedaron en casa ella y sus hermanitas de cuatro y dos años. Su mamá haciendo las actividades cotidianas: el quehacer de la casa, lavar trastes y ropa, hacer comida, atender  a la  más chiquita… No se percató que la niña  seguía  triste y sin comer. Llegó la hora de divertirse y tampoco fue a jugar como todas las tardes; cuando la buscaron para merendar, ya estaba durmiendo.

Al siguiente día llega de visita una hermana de su mamá, procedente de otra comunidad; cuando ve a la sobrinita, se da cuenta que la niña está espantada, por su carita pálida y ojos tristes, así que toma unas ramas de ruda, albahaca y un huevo, con eso le da una limpia. A la hora de comer devora todo y por  la tarde,  le vuelven los ánimos de jugar.

La vida en el campo pasa lenta, sin prisa; hay tiempo para todo, nada distrae a los niños más que el juego.

 Había pasado poco tiempo del accidente de la pequeña, cuando una noche que no podía conciliar el sueño, sintió la llegada de una sombra que le acarició la cabeza con las yemas de sus dedos, hasta que se quedó dormida. Era una sensación débil al inicio, una caricia que le provocaba deseos de llorar y le invadía la angustia de no poder gritar.

La escena se repitió en las noches posteriores. Al sentir el tacto delicado sobre su cabeza, el corazón le latía en forma presurosa. En su razonar infantil, pensaba que si los muertos vuelven, hoy están de regreso.

En las mañanas, el reclamo de esta pequeña hacia sus hermanas mayores era: “tu me hiciste piojito anoche”, a lo que ellas contestaban: “no, yo me dormí temprano”, la misma pregunta a su mamá, a sus hermanos… Nadie sabía porque su insistencia en esa cuestión, lo tomaban como un sueño o imaginación de la niña

Una noche, después de que nadie le creía, ni le hacían caso, esperó pacientemente en la oscuridad de aquel cuarto para descubrir quién era ese ser invisible, esa sombra que se filtraba sin hacer ruido alguno. Así que se quedó quietecita, con la respiración entrecortada y su cuerpo lleno de miedo. En ese silencio total percibe que alguien se sienta a la orilla de la cama.

La caricia sobre la cabellera rizada de la niña inicia, tan singular que la envuelve y la sumerge en un trance.

 La sombra se levanta y se sale silenciosamente de la habitación. La niña quiere sorprenderla y sigue el paso de esa silueta, que rodea todo el cuarto y cuando se mete en una solera, pegada a la casa de sus tíos vecinos, la imagen se desvanece, desaparece… La chiquilla corre hasta donde duermen sus papás, gritando, no logra entender qué pasó, qué era ese bulto que noche con noche le frotaba la cabellera hasta que la vencía el sueño.

Todos se despertaron, eran pasadas las 12 de la noche, la niña no dejaba de llorar y les decía a sus papás que sus hermanas la asustaron, pero ellas dormían hasta que escucharon los gritos y llanto que emitía.

Su mamá la calmó un poco y les dijo a sus hermanas que la dejaran en medio de la cama, y que la cuidaran hasta que se quedara dormida.

Al día siguiente, nadie creyó en las visiones de la pequeña. Pero la niña estaba segura de lo ocurrido…

Muchos años después, nuestro personaje ha llegado a la reflexión que solo se tiene miedo a lo que no se comprende

Desde entonces y hasta la fecha, esa casa me sigue dando mucho miedo.

Derechos Reservados 2020
El contenido informativo de informate.com.mx puede ser reproducido siempre y cuando se incluya un enlace al artículo original.