Miércoles, 22 de septiembre de 2021 | Año XXI | No: 7602 | CEO: Francisco J. Siller | Dirección General: Rocío Castellanos Rodríguez

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ESTAS RUINAS QUE VES…

IMG 20210830 WA0040México.- Me he apropiado del nombre de la novela de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) para el título de esta nota, porque quiero recordar con ello al célebre escritor guanajuatense, que con su estilo “destazaba y ridiculizaba” a personajes de la vida política y social del México de su tiempo.

Y el pretexto de estas líneas, es por la instalación de la maqueta del Templo Mayor, en el zócalo y que conmemora los 500 años de la caída de México Tenochtitlán

No quiero entrar, ni siquiera retomar, la vieja discusión que se dio entonces allá a inicio de los ochentas, cuando el “presidencialismo ilustrado” de José López Portillo, y que por decreto mandó destruir viejas construcciones coloniales a fin de rescatar esas ruinas prehispánicas. El debate entre indigenistas y colonialistas, ha quedado saldado hace varios años atrás.

Lo que sí me parece justo señalar, es que la política cultural del país, sólo a través de “golpes de pala”, hace grandes descubrimientos arqueológicos   por medio de un hallazgo fortuito, que se dio el 21 de febrero de 1978, cuando trabajadores de la ahora extinta Compañía de Luz y Fuerza realizaban trabajos de mantenimiento en el Centro Histórico de la ciudad de México.

La historia del descubrimiento de la Coyolxauhqui, es harto conocida y en obviedad de razones no la repito.

Lo que sí se habrá de destacar aquí, es que gracias al descubrimiento de esa diosa lunar y las consecuentes excavaciones en el perímetro que ocupó el Templo Mayor, ha salido a la luz la grandeza de México Tenochtitlán.

Los arqueólogos mexicanos han contribuido en mucho, para que con su labor nos sumemos en una aventura en el tiempo, a través del estudio y análisis de esos vestigios de nuestros antepasados.

Los cronistas que acompañaban a Hernán Cortés han dejado testimonio escrito de lo grandiosa que era la ciudad de los mexicas:

Llegamos por la calzada ancha y vamos camino de Iztapalapa ( …..) y desde que vimos ( ….) aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento(….) y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños (…), ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos.”

Bernal Díaz del Castillo,

Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España,

LXXXVII, 6

Quiero estar in situ de aquellos conquistadores que acompañaban a Hernán Cortés e imaginar los momentos trascendentales que vivieron, para relatárselos a mis amables lectores.

Como aquella primera vez que comieron las tlaxcallis o tortillas de maíz de México o el papel fundamental que jugó la Malinche, que por un hondo despecho de haber sido regalada como esclava por su propia madre, a los chontales, y luego por éstos a los españoles, sirvió gustosamente de intérprete para que ellos, los cristianos, los enviados de Dios, acabaran con esos indígenas aliados del demonio.

WhatsApp Image 2021 08 31 at 20.42.06Cuando Cortés con su pequeño ejército después de ser alojados por Moctezuma en el Palacio de Axayácatl, el gran Tlatoani los invitara a una caminata cuyo destino era el Templo Mayor. Observar el horror de los españoles al ver las escaleras de los basamentos batidos de sangre coagulada,  que de esos peldaños bajaban varios sacerdotes viejos, arrugados, con los cabellos hasta la cintura;  con costras de sangre resultado de días de oración, de penitencia y pureza. Y que después de subir la escala de ciento catorce pasos, al final les proporcionaría una imagen nunca antes vista de la gran ciudad, rodeada por agua. Ya ahí, en el Templo Mayor, encontrarían dos adoratorios: uno dedicado a Tláloc y el otro a Huitzilopochtli,  que, durante largo rato embelesados, esa comitiva de españoles, pensaban que lo que veían eran cosas de encantamiento, porque ninguna ciudad europea de esa época era similar en tamaño y población a la gran México-Tenochtitlán.

Por allá se miraban el peñón del Tepeyac con la calzada   del mismo nombre, el gran mercado de Tlatelolco y también veían la calzada de Tlacopan,  misma que la noche del 30 de junio al  primero de julio de 1520, los españoles  y los mal llamados traidores tlaxcaltecas saldrían huyendo en franca y cobarde retirada .

Y luego el momento crucial, cuando los conquistadores entran al recinto sagrado donde se encontraban los ídolos de Huichilobos y Tláloc, cada uno en su basamento de piedra, batidos de sangre y semillas untadas durante años, que arrojaba según las crónicas hispanas un hedor insoportable.

Imagino la mirada fija de los europeos sobre el téchcatl, esa piedra donde se ponía de espaldas a los guerreros cautivos para ser inmolados y extraerles con un pedernal labrado en obsidiana y aderezado con empuñadura de madera, el corazón aun latiendo, gimiendo, que nuestros antepasados ofrecían a sus dioses.

Una vez presentado el corazón al dios, lo arrojaban a la jícara de Águila, el Cuauhxcalli, finamente tallado donde sobresale su plumaje.

Pero volvamos al presente. Lo anterior refleja el choque de dos culturas, de dos religiones, de dos cosmovisiones. La incomprensión de los conquistadores ante rituales, que exigían el sacrificio humano, donde el corazón era el símbolo del alma, el sitio corporal en donde residía todo el ser.

Hoy al paso de los años, con los adelantos de los estudios y la tecnología aplicada a la arqueología, podemos ver gracias al capricho de José López Portillo, a su afán de autocomplacencia, a su empeño de mostrarse descendiente directo de Quetzalcóatl, que de esas ruinas que hoy contemplan turistas nacionales y extranjeros, hubo encima de ellas un pasado glorioso que se coronaba con el Templo Mayor.

Templo Mayor. Recinto ceremonial de los mexicas. Donde se centralizaba todo su poder político, económico, religioso y mitológico, que se muestra pleno en el adoratorio de sus dos principales deidades: Tláloc y Huitzilopochtli.

Complejo arquitectónico que demostraba el poderío del imperio mexica frente a sus súbditos y enemigos.

Así que hagamos a un lado la visión de la historia oficial que se nos enseñó en los libros de texto que unos cientos españoles, al mando de Hernán Cortés derrotaron a un pueblo tan poderoso como los mexicas.

El grupo bélico que destruyó México Tenochtitlán y que tomó preso a Cuauhtémoc era minoritariamente español – tal vez mil combatientes-, pero en su mayoría estaba formado por decenas de miles de indígenas de Tlaxcala, Chalco, Texcoco, Matlatzinco y otros pueblos.

Esta circunstancia histórica, enaltece a los mexicas, que si bien es cierto basaba su dominio en la violencia y extracción de tributos, trabajos y servicios militares, lo mismo les permitió en erigirse plenamente como un imperio que construyó una gran ciudad, con sus múltiples aportaciones culturales y artísticas.

Dejemos atrás esa versión de los ideólogos mexicanos de los últimos dos siglos, desde Carlos María de Bustamante hasta el premio nobel Octavio Paz, de una resignación cósmica que nos identifica con los vencidos.

Porque el decir que a México lo conquistaron los españoles, es la justificación última del poder que en nuestro país ejercen las élites neoliberales, las empresas transnacionales y  nuestros políticos entreguistas.

Por último, quiero terminar con la siguiente cita extraída de los Memoriales de Culhuacán:

“En tanto que permanezca el mundo

no acabará la fama y gloria de 

México-Tenochtitlán”…

3 comentarios

  • Josefa Ríos
    Josefa Ríos Jueves, 02 Septiembre 2021 14:29 Enlace al Comentario Reportar

    Me agrada el estilo de la autora de abordar la historia, sin prejuicios y con fundamento histórico.

  • Roberto Alvarez Gallardo
    Roberto Alvarez Gallardo Miércoles, 01 Septiembre 2021 22:27 Enlace al Comentario Reportar

    Un agasajo leer estos párrafos, llenos de mexicanidad sin caer en algo tendencioso, claro y objetivo pero sobretodo con un toque de poesía que engrandece el ser Mexicano, gracias por estas notas.

  • Fernando Ruíz
    Fernando Ruíz Miércoles, 01 Septiembre 2021 17:19 Enlace al Comentario Reportar

    Profunda reflexión sobre la llamada conquista y sobre la grandeza de la gran Tenochtitlán. Lecturas como estas son eficaces para quitarle a algunos el trauma de la conquista.

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