/** +/ Pasión de una mujer mexicana | Infórmate Diario

Sábado, 27 de mayo de 2017 | 12:28 | Año XVII | No: 6024 | CEO: Francisco J. Siller | Directora General: Rocío Castellanos
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Reportajes

Pasión de una mujer mexicana



México.- Es una mañana como cualquier otra en la hacienda de la Noria, lugar en el que hoy se encuentra el Museo de Doña Dolores Olmedo, por lo que la gente camina apresurada para hacer fila en la taquilla. Es un boleto para regresar el tiempo, para visitar a los que ya no están, pero que se quedaron presentes con su gran legado cultural.
-¡Ya quiero pasar al museo mamá!- exclama un niño emocionado -adelante hijo, pasa, te voy a contar una hermosa historia a través de los ojos de una persona que ya no está entre nosotros, pero su corazón perdura en este lugar- -¿hijo, estás listo para el recorrido?- pregunta su madre, -Si mamá, ¡estoy listo!-
Es en 1962 cuando hizo su aparición una mujer de portentosa mirada y excelsa elegancia para comprar una hacienda de nombre La Noria, edificación del siglo XVI en ruinas, al sur del valle de México. Con determinación y con gran esperanza, la Señora puso en marcha un proyecto de restauración arquitectónico, el cual pretendía dar vida a sus sueños más anhelados, el que sería símbolo de México, el que albergaría el recuerdo del origen de la tierra que la vio nacer, y sería el que le llevara a cumplir su reto más grande; el de compartir con su pueblo los tesoros culturales más preciados como el arte y la historia en un armonioso espacio lleno de naturaleza.
En una mañana de septiembre de 1993, y como desde hacía 20 años, la Señora Olmedo tomó su café al pie de su ventanal, para después dar un paseo entre los grandes jardines que rodean su hacienda. A sus casi 85 años Dolores Olmedo recordaba con cariño el día que su madre le enseñó, que, si se vive, es para compartir y sino entonces para qué vivir.
Con el recuerdo de su madre, Olmedo comenzó su recorrido a través de los grandes corredores de su hacienda, primero visitó a sus mejores amigos los Xoloitzcuintles, perros de origen prehispánico que fueron compañeros de grandes personajes de la cultura mexica, continuó hacia el gran espacio dedicado a aquellas criaturas de gran belleza y tradición, los pavorreales, que en momentos parecían asemejar los grandes penachos de los Tlatoanis Aztecas, hechos con plumas de mil colores tornasol que enarbolaban la cabeza de su gran autoridad.
Emocionada y agradecida con la vida por un día más, repartió comida a sus gansos y patos que sin avisar aterrizaban cerca de ella para degustar un poco de alimento y seguir revoloteando entre sus fuentes. Con una suave mirada volteó hacia el cielo para observar la copa de los árboles que embellecían el entorno y eran hogar de especies de aves que todas las mañanas con su cantar daban compás a un sonido que avisaba la llegada del sol.
Al atardecer y con un caminar pausado la señora Olmedo atravesó los pasillos de su hogar observando los techos de Terrado, con sus manos ya arrugadas por la edad, acarició los suaves muros mixtos que embellecen las estancias, pasó y caminó entre sus pisos de duela, admiró sus grandes bóvedas, recorrió sus contrafuertes y miró hacia lo alto sus enormes fachadas. La señora de la casa, meditó, y se dijo a sí misma: este lugar está listo para ser “la casa de todos”.
Hoy, frente a un vasto jardín, se convive con la novena generación de perros Xoloitzcuintles, con pavorreales, patos y guajolotes, puede apreciarse la gran arquitectura colonial del siglo XVI, majestuosas obras de pintores que hicieron época, el legado de las culturas mesoamericanas, y todo es posible gracias al invaluable tesoro que un día decidió dejar Doña Dolores Olmedo.

COLECCIONES
Nora Sánchez Figueroa es la Coordinadora de Visitas Guiadas y con once años laborando en el museo, cuenta que Dolores Olmedo inició su labor como coleccionista con piezas de arte popular, dándose a conocer al mundo. Y es a finales de los 50´s, cuando Diego Rivera le cede los derechos de su obra y de la de Frida Kahlo, que ella decide expresamente comprar obra de Diego para convertirse en coleccionista.
Diego siempre tuvo una gran admiración por Dolores, por toda la labor que había hecho en cuanto a lo que cultura se refiere, además de ser una mujer emprendedora en los negocios, la política y el coleccionismo. Pensaba que ella era la persona idónea para difundir por el mundo su trabajo y el Frida, por ello le otorga los derechos.
Diego Rivera y Frida Kahlo
Pasando los jardines del museo se encuentra un busto de Diego Rivera que, como guardián que custodia un tesoro, nunca deja de ver hacia la entrada de la sala donde se localizan las obras del pintor. Ya dejando a ese centinela atrás, se llega a una puerta de vidrio que uno mismo tiene que recorrer para entrar a la exhibición. Tan sólo con entrar se siente un ambiente más frío, ideal para la conservación de las pinturas y esculturas que hay en esas salas.
Con una tenue luz pero con el suficiente brillo para poder observar todos los trabajos que hay en cada uno de los cuartos de esa ala dedicada a Diego, el visitante puede apreciar pinturas como la de “La tehuana”, “Puesta de sol”, “La familia”, “Autorretrato” o “El matemático”, entra muchas otras que se encuentran repartidas entre las siete salas dedicadas a Rivera; cada que el espectador pasa sus ojos por cada uno de los trabajos (hechos en distintos tamaños) se puede ver el estilo tan característico de tenía el artista. Pero ¿cómo fue que Dolores Olmedo se hizo con todas esas obras?
La relación que tenía Doña Dolores Olmedo con Diego Rivera está envuelta en la pregunta de si tuvieron una relación carnal o no, y esta teoría se ve acrecentada por el hecho de que Rivera pintó casi treinta retratos al desnudo de Olmedo. Uno de ellos puede verse en la sala Diego Rivera.
Más allá de esa conjetura, lo cierto es que Dolores conoció a Diego cuando ella era una niña de apenas 11 años. Diego le pidió a María Dolores Patiño que la dejara posar para él, a lo que aceptó. Así, una de las dos primeras piezas que Dolores adquirió para formar parte de la colección de Diego Rivera fue precisamente uno de sus desnudos; la otra fue un autorretrato de Diego.
Estas obras las conservó Dolores hasta que su esposo, Howard Phillips, le dijo que tenía que deshacerse de ellas, porque a Phillips no le gustaba la relación que había entre ella y el pintor, no la veía con buenos ojos y mucho menos que hubieran hecho retratos de su esposa al desnudo (aun cuando había sido antes de conocerlo). Diego se quedó con esas litografías hasta 1955, periodo en el que reanudaron su amistad.
Es en ese mismo año en el que Doña Lola, aconsejada por Diego, empieza a comprar sus obras, hasta el punto de conseguir las primeras cincuenta, de las más de 130 con las que ahora cuenta el museo. De esta manera Lola se convierte en poseedora de piezas como El matemático, Fondos Congelados, La Canoa Enflorada, El Picador o Mujer Con Gansos.
Al final de sus días y ya muy enfermo de cáncer, Diego pasó dos años en compañía de Dolores, en La Pinzona, casa que ella poseía en Acapulco, y en la que él podía trabajar sin distracciones. Para 1957, año en el que falleció Rivera, Olmedo ya tenía 50 obras del Maestro. Fue su lealtad, y la confianza ciega en Diego Rivera, las que hicieron que Dolores Olmedo quisiera preservar todas esas obras, llenas de tanta historia.
En otra sala, existe un acervo con obras de Frida Kahlo, piezas que fueron adquiridas por Dolores cuando el nombre de la artista aún no contaba con la popularidad con la que ahora goza. Entre las obras destacan La Columna Rota, Hospital Henry Ford y Unos Cuantos Piquetitos, sólo por mencionar algunas.
La relación entre estas dos mujeres fue complicada. Pues siempre permaneció la rencilla del amor por un mismo hombre en su juventud. Sin embargo, fue el cariño a Diego, el motivo por el que Dolores rescata parte de la obra de Frida y la incluye en la colección.
Ella recordaba nunca haber invitado al Maestro a su casa en Acapulco, y que él había llegado por su cuenta, pero es en aquella casa donde pinta 25 puestas de sol; 20 de las cuales se encuentran en el último cuarto de la parte del recinto dedicada a él.
A pesar de que el museo Dolores Olmedo sea hermano del Anahuacalli y la Casa Azul, ellos no pueden prestar nada de sus colecciones. Nora constata que este es el único que puede prestar sus colecciones para difusión nacional e internacional de los artistas, a través de las negociaciones anuales del Círculo de Amigos que revisan los trabajos de curaduría que puedan realizarse en otros museos.
Arte prehispánico
A partir de 1955, Dolores Olmedo inició su labor como coleccionista con el consejo del Maestro Rivera, como ella misma lo llamaba. Él le enseñó a ver, a saber, a escoger, a leer, a enterarse; él mismo escogió algunas piezas. La colección del museo es la más grande del mundo.
Dolores Olmedo logró coleccionar un gran número de piezas prehispánicas. Como parte de su gran acervo, las figuras de las culturas precolombinas son un recordatorio de la gran importancia de estas civilizaciones en nuestra historia. Este pasado mexicano se encuentra exhibido en dos salas y en cada esquina del hermoso recinto.
Mientras se camina por el museo podemos encontrar estas figuras, tal y como se encuentran en la casa azul: adecuadas al espacio arquitectónico con bases de cemento o empotradas a la pared. Sus miradas apagadas nos recuerdan la solemnidad del Museo de Antropología o el Templo Mayor. De inmediato se identifican las piezas de un México antiguo, de un pasado misterioso.
En los cincuentas no eran tan difícil obtenerlas pues pudieron ser regalos o compras muy económicas. Su valor cultural y monetario no era tan alto todavía. La primera pieza que obtuvo fue un xoloitzcuintle de barro rojo y muy bien pulido. Esta figura es alegre y vistosa, muchas de ellas adornaron su casa.
Al final de la casa, después de un pequeño escenario, podemos encontrar la sala referente a estas piezas. Unas repisas de vidrio sostienen incensarios de Xipetotec, muchas de estas piezas fueron encontradas en la tumba siete de Monte Albán. Algunas están expuestas en este lugar y otras adornan la chimenea y la cocina. Olmedo adquirió alrededor de 801 piezas entre en 1955 y 1972 de diferentes épocas y culturas del México antiguo.
Con la promulgación de la Ley de Patrimonio Arqueológico, Olmedo registra en 1975 su colección. A través de sus diversos cargos políticos y culturales, pudo realizar muestras de arte mexicano dentro y fuera de México. Mostró una postura a favor de la Ley y mediante esta disposición, se permitió a los coleccionistas privados conservar su acervo, siempre y cuando estuviera registrado en el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia).
Hoy en día el museo cuenta con un convenio con la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, que como patrimonio cultural, trabaja en la protección de la obra durante su difusión.
La presencia del arte prehispánico nos recuerda nuestras raíces. La intención de Olmedo de perpetuarlas, de llevarlas al reconocimiento, se encuentra en cada sala. Las piezas combinan perfectamente con las pinturas de Frida y los dibujos de Diego. Incluso han acompañado a Monet y Van Gogh, Gaugin y Cezanne en exposiciones temporales. La museografía permite disfrutar cada obra de arte, al aire libre y dentro de la casa.
Olmedo comprendía perfectamente la necesidad de hacer incluyente el arte pre colombino en su colección, pues forma parte del gran trabajo que han realizado los artesanos y artistas por siglos en México.
Arte popular
El valor e importancia que tiene la cultura popular mexicana, es lo que corría por la mente de Dolores al obtener cada vez más piezas. En México se pueden encontrar miles de artesanos y artistas. Todas las manifestaciones artísticas de nuestro país estallan en colores.
El museo guarda una gran cantidad de piezas de arte popular. Cartón, cuero, papel, fibras vegetales, vidrio soplado, metal, madera. Color, historia, creencias, religión, sonrisa y luz, todo esto parte de la colección que nos muestra.
En la década de los veintes las manifestaciones populares se convirtieron en piezas de museo. Las vasijas y platos de uso cotidiano se convirtieron en arte digno de ser mostrado como parte del patrimonio nacional. Las figurillas del sur y las ollas del norte son vestigios vivos del artesano mexicano.
La colección de Olmedo contiene 750 piezas. Todos los rincones de México están representados por increíbles piezas hechas por grandes maestros. San Herón Martínez se hace presente en las salas con imponentes arboles de la vida, llenos de color y movimiento. El trabajo de petatillo está representado por Don Justino Guerrero y el viejo Lacano de Tlaquepaque, Jalisco.
El barro negro de San Bartolo Coyotepec fue trabajado por Doña Rosa, una leyenda oaxaqueña. Hoy en día muestra la antigua técnica y continua con su legado. El barro bruñido policromado de Amado Galván y el barro abovedado de Teodora Blanco nos muestra el trabajo meticuloso del artista.
La cartonería representada por Carmen Caballero y Pedro Linares, dos grandes artistas que trabajaron para Rivera. De la dinastía de alfareros de Metepec, Monico Soteno y piezas de talavera de la familia Escárcega del mismo lugar.
Cerámica mayólica de Tlaxcala, vidrio rojo de Tlaquepaque, torres de ollas de Patambán, Michoacán, cobre martillado de Santa Clara del Cobre, la colección incluye toda clase de artesanía y arte popular. De la montaña al valle, del bosque a la playa. Tal como es México, es multicultural.
Las paredes y los largos pasillos de su casa resguardan esta belleza popular, es una hermosa guarida de arte mexicano. La misma casa forma parte de la colección que dejó Olmedo para las generaciones venideras. Un paseo dominical en casa de Dolores nos sirve para poder alimentar nuestra mexicanidad, nos llena el ojo de tradiciones y el corazón de colores.
Objetos personales
Una parte importante de su colección son sus muebles, piezas de marfil y pertenencias personales. Piezas de porcelana, caricaturas y fotografías. Su cama, un gran comedor, pinturas al óleo y esculturas de madera reposaron en un rincón de la Noria que funcionó como su hogar por un gran tiempo.
Como parte del recorrido de su museo podíamos encontrar todos los objetos personales que hacían de su vida cotidiana un arte. Elefantes y dioses hindúes de marfil eran sus compañeros diariamente. Todo este gran conjunto de arte de todo el mundo estaba expuesto en las habitaciones que Olmedo misma quiso dejar como una ventana a su persona, a su vida. Mostraba su intimidad, su lugar. Como parte de un espacio que finalmente pudo abrir para que el pueblo conociera más de la gran coleccionista del siglo veinte.
Olmedo dejó estipulado que cuando ella muriera estas piezas fueran expuestas como parte de su colección. Ella quería mostrar esta sección como un vestigio vivo de su trabajo como promotora y difusora del arte mexicano.
Hoy, sus pertenencias personales ya no se encuentran expuestas. La sala que había sido adaptada para ser visitada, hoy en día se encuentra habilitada para recibir exposiciones temporales. No hubo una razón de ser o una nota periodística sobre el retiro de dichos objetos.
La respuesta filial es que fueron heredadas, y aunque no se sepa su paradero final, la realidad es que desde septiembre de 2015 fueron retiradas. La Coordinadora Sánchez, comenta que los guías externos al museo y el público en general se han quejado por la falta de estas piezas.
Puede asegurarse que Olmedo rechazaría este hecho. Su intención era dejar todas sus posesiones, incluso las personales, como un registro del arte en México con el paso de los siglos, sin embargo, la colección personal no estaba incluida en lo que Dolores donó como patrimonio. En el sentir de la guía Sánchez, no sólo se perdió el trabajo artístico del arte oriental, sino también todo lo que Olmedo pasó para poder adquirir la pieza.
Algunas piezas de marfil se conservaron y después podrían volver a ser expuestas, según lo comentado por Nora Sánchez. Entrarán en un proceso de remodelación, para un buen mantenimiento de los marfiles, como iluminación y humedad. El propósito es que este lugar sea menos casa y más museo.
A lo largo del tiempo, la mujer ha cumplido un rol muy importante dentro de la sociedad, sin embargo, en algunas épocas su importancia se ha visto relegada tras el machismo y la discriminación. A pesar de estos factores en contra, han existido mujeres extraordinarias que se han revelado y no se han dejado someter por la sociedad para ejercer un rol pasivo, al contrario, se han hecho de un nombre y de una reputación gracias a su esfuerzo, su dedicación y sus ganas de salir adelante a cualquier adversidad que la vida les ha puesto. Este es el caso de Dolores Olmedo, coleccionista que influyó en la sociedad artística de su tiempo.
Durante varios años nada la detuvo de seguir aumentando su colección. Le encantaba irse al extranjero a pelear Riveras en las subastas de arte. Ella explicó su afán por coleccionar con dos razones esenciales: una, el amor a la belleza; la otra, la absoluta convicción de rescatar la obra de Rivera, a quien admiró y respetó profundamente.
En palabras del personal del museo, Dolores fue una mujer rígida pero muy humana que influenciada por su madre logró coronar su vida con la materialización de su sueño: tener un museo para mostrar la belleza del arte y la cultura popular mexicana. Victoriosa de su tiempo, nos ha dejado un legado invaluable para el pueblo de México.
En una leyenda plasmada a la entrada del museo se puede constatar: A ejemplo de mi madre, la Profesora María Patiño Suárez Vda. De Olmedo, quien siempre me dijo: Todo lo que tengas compártelo con tus semejantes. Dejo esta casa con todas mis colecciones de arte, producto del trabajo de toda mi vida, para disfrute del pueblo de México. Dolores Olmedo Patiño.

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