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Sábado, 22 de julio de 2017 | 21:52 | Año XVII | No: 6080 | CEO: Francisco J. Siller | Directora General: Rocío Castellanos
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Reportajes

La Lagunilla, el corazón de la novia

 

México.- Elegir un vestido de novia puede ser más difícil que dar el sí ante el altar; existen miles de diseños, telas, colores y lugares para comprar uno. Sumando la indecisión de las mujeres al momento de elegir, y la opinión de familiares y amigos que acompañan a la futura novia en la compra del vestido con el que dará uno de los más grandes pasos: el matrimonio.
En la CDMX existe un lugar que se puede considerar el hada madrina de las novias, porque seguramente de ahí salen con su vestido soñado; el popular mercado de La Lagunilla, ubicado calle Ignacio Allende, en el Centro Histórico: ahí están, dispuestos a formar parte del sueño de amor de aquella mujer que decida decir, ante los ojos de Dios y del mundo, “sí, acepto”.
En el mercado de La Lagunilla hay expertos en vestidos de novias, que no son sólo vendedores; son asesores de moda, algunos tienen hasta 45 años facilitando la vida de las mujeres próximas a casarse.
Como Juan José Cárdenas uno de los fundadores del mercado de La Lagunilla, quien vio su evolución; al inicio el famosos mercado ofertaba todo tipo de ropa, especialmente aquella elaborada de piel; tiempo después, afuera de éste se instalaron vendedores con el mismo producto pero a menor precio, lo que ocasionó una reducción de clientes. Ante este panorama, inició la búsqueda de alternativas y nuevos caminos, fue entonces que los vestidos de novia sustituyeron la piel de los aparadores y nació “Los Vestidos Jalisco”, uno de los tantos locales dentro del mercado.
Decenas de mujeres caminan por los pasillos pintados de blanco del mercado mientras observan los distintos vestidos -que dan color al sitio-, pensando cuál podría ser el ideal. En ese momento don José pregunta a las mujeres que pasan por su local sonriendo tímidamente y señalando algunos de sus diseños: “¿Para cuándo es la boda?”, ahí comienza la labor de Don Jalisco, como es conocido por los vendedores del mercado, y su esposa Virginia Madrid Ramos para lograr que alguna y si es posible todas las novias que visitan su local se enamoren de sus diseños y se vayan con el indicado.
Las prendas que llenan sus aparadores están al último grito de la moda en novias; son diseñadas por uno de sus hijos, quien se mantiene actualizado en el tema, con lo que garantiza diseños únicos, incomparables y de excelente calidad, difíciles de encontrar en los lugares más nice como Polanco o San Ángel. Él estudió Diseño de Modas y colabora con sus padres desde hace doce años, tiempo en el que ha ganado experiencia y rapidez para realizar los vestido; sólo le bastan dos semanas de trabajo para crear uno de ensueño, perfecto para que cualquier mujer lo luzca en el día que entregará su vida al amor.
Don Jalisco afirma, sin titubear, que sus diseños son de calidad, las telas con las cuales se fabrican son traídas de Estados Unidos y Europa. Don y doña Jalisco, declaran a La Lagunilla como la mejor opción para comprar un vestido de novia; “tenemos lo mismo que hay en los aparadores de fuera del mercado, las mismas telas y a muy buen precio”. Ahí es posible encontrar trajes de novia de mil 800 hasta 20 mil pesos, lo único que cambia es el precio, y porque no, la calidad.
La Lagunilla se caracteriza tener lo indicado para cada bolsillo y gusto, además, si uno es buen regateador, se puede llevar una prenda con el 10 o hasta el 20 por ciento de descuento.
Aquí se garantiza que toda novia que porte un vestido de este peculiar sitio, lucirá como una verdadera princesa sin la necesidad de hacer sufrir la cartera del futuro esposo.
Alfredo Gutiérrez, otro vendedor dentro del mercado con quince años de experiencia, señala que para que sea posible ofrecer precios accesibles es necesario fabricar sus propios vestidos, por lo que cuenta con su equipo de modistas, quienes se encargan de hacer prendas y modificaciones pertinentes, para que la futura señora de… se vaya con su vestido sin necesidad de volver en otra ocasión.
Bastaran entre 10 y 30 minutos para que esté listo y pueda volver a su lugar de origen, para seguir con los demás pendientes de la boda. El mercado de La Lagunilla es visitado por personas provenientes del estado de Puebla, Tlaxcala, Estado de México e Hidalgo, por lo que es preciso el mismo día que visitan el lugar salgan con un vestido listo para ser usado. Los meses en que más se les antoja casorio a los mexicanos, o sea, las temporada altas en venta son octubre, noviembre y diciembre.
Quienes se dedican a la venta de vestidos de novia, se han convertido en reyes de la paciencia y del poder de convencimiento, los años les han dado esos poderes.
Actualmente las mujeres se derriten ante los vestidos corte tipo princesa, por la ilusión de lucir cual doncellas de Disney: con corsé atiborrado de pedrería, falda ampona hecha de tul “espolvoreado de polvos mágicos” que le dan un brillo mágico; el corte sirena es otro de los más solicitados, hecho de raso lustroso, parecido a la seda y que modela la figura de la portadora: resalta el pecho, reduce la cintura y pronuncia las caderas. Entro otros modelos muy solicitados se encuentran el medio ampón, corte línea A y recto.
Las telas con que se confecciona cada vestido, hoy en día, son ligeras y cómodas, a diferencia de los que se usaron en los 80, donde lo que importaba era la opulencia más que la comodidad; esto por una moda “impuesta” por Lady Di, quien el día de su boda con el príncipe Carlos de Gales, lució un lujoso vestido blanco.
En esa época los trajes de novia llegaban a pesar hasta once kilos y se confeccionaba bajo el sistema de cierre, el cual hacía cuerpos cuadrados, sin silueta y poco estéticos; ahora pesan máximo tres kilos y son diseñadas bajo el molde reloj de arena, que moldea la figura de las mujeres, resaltando sus atributos.
Si del color se trata, en siglos anteriores, el blanco para el vestido de novia denotaba poder económico y estatus social, porque éste poseía tela de calidad y adornos que no estaban al alcance de las demás casaderas; ahora, las mujeres pueden elegir entre más de un color, como el ivory (hueso) o perla, además del tradicional blanco, el cual hace referencia a la pureza, inocencia y virginidad.
Las opciones para elegir un vestido de novia no se cierran sólo a las instalaciones del mercado, las calles de La Lagunilla están repletas de locales especializados en este tipo de prendas, como en República de Honduras y República de Chile, donde los precios cambian, más no la calidad; en esta sección se ofrecen prendas de entre 7 mil hasta 25 mil pesos, precio en el que va incluido el ramo, tiara, crinolina, velo, azahar y liguero.
El compromiso en estas tiendas es que la novia luzca hermosa, segura y radiante el día de su boda, con diseños traídos de capitales de la moda como Nueva York y París.
José Rubén Dehesa, asesor de modas de “Danela Novias”, sabe que vestir a una novia no es cosa fácil. Desde hace 32 años se levanta todos los días con un sólo propósito: que de su tienda salga la prometida más glamurosa y bonita del mundo. A él no le importa si su clienta es delgada o llenita, alta o bajita, él logrará que los vestidos resalten cada uno de sus atributos.
Si bien existe una lista de los vestidos más pedidos, el más cotizado dentro de los cotizados es el tipo corte sirena, modelo que es un poco exigente con los cuerpos que pretende usarlo, ya que estos deben ser, de preferencia, altos y delgados. En ocasiones, llegan a Danela chicas bajitas que sueñan con estar en el altar entalladas en uno de estos vestidos, por lo que Dehesa busca darles más opciones.
Al momento de arreglar un vestido para que quede perfecto para la novia, es una regla general cortar como máximo tres dedos del largo, para que éste no pierda la forma; sin embargo, cuando una mujer de estatura pequeña quiere usar un corte sirena, los modistas tienen que cortar hasta la mitad del vestido.
“Ahora las barbies vienen más llenitas”, dice con una sonrisa mientras se observa en el enorme espejo, ése que aguarda el dulce reflejo de la novia, aquella que saldrá de entre los probadores. Para el ingeniero textil es importante que sus clientas conozcan su cuerpo y estén conscientes de lo que les queda y lo que no. “Una mujer pequeña con un vestido de sirena es un charalito”, menciona sin poder contener la risa.
Los especialistas de La Lagunilla tiene una regla de oro; jamás de decirle al cliente que está gordo o que no hay prendas para su tipo de cuerpo, lo que hacen es sacar el psicólogo que llevan dentro para persuadir a la dama y que elija una prenda que le siente como un guante, aquella que resalte cada centímetro de su cuerpo.

Y vivieron felices ¿para siempre?
Parece que los mexicanos ya no creen en cuentos de hadas, ni en la romántica frase “y vivieron felices para siempre”. El juramento de amor en el altar tan sólo dura en promedio trece años. Hoy, se ama sin ataduras y en unión libre; se promete estar en la salud y en la enfermedad, sin un papel ni dios que lo requiera.
Antes dentro del mercado de La Lagunilla y fuera de él, los locatarios llegaban a vender hasta 70 y 80 vestidos de novia al mes, ahora sólo 60 y 30, incluso algunas boutiques llegaron a vender vestidos en euros. Atrás quedaron los tiempos en que disfrutaba de ver su tienda abarrotada de clientas que deseaban hacer suyas las prendas lo que puede ser muestra que para hacer un juramento de amor no es necesario, para algunos, hacerlo frente un altar o juez.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en 2015 se registraron en México 558 mil 018 enlaces matrimoniales, de los cuales, por cada cien de estos, dieciocho terminaron en divorcio, en comparación con 2005 que se efectuaron 595 mil 713 matrimonios, hubo una disminución de nupcialidad. Desde hace diez años, el modelo de la familia mexicana sin matrimonio ha ido al alza; ahora, mujeres y hombres prefieren trabajar, estudiar o viajar antes que ser marido y mujer.
Y es que casarse representa un gasto considerable para la pareja que decide dar el siguiente paso, ya que acorde a cifras de la Procuraduría General del Consumidor (Profeco), una novia mexicana invierte en un vestido en promedio 6.2 por ciento del total de los gastos de la fiesta, por lo que la compra de este artículo se convierte en el segundo gasto más significativo, solamente detrás de la renta del salón.
No importa qué tan oscuro se vislumbre el abismo, los vendedores de La Lagunilla no pierden la sonrisa de su rostro y menos, esa pasión que se desborda de sus labios al hablar de su trabajo y lo que implica como las telas, tendencias, colores y diseñadores; ellos son felices al estar rodeados de vestidos y glamour. Saben que son parte de la felicidad de una mujer y del enorme acto que representa decir: prometo amarte y respetarte hasta el último día de tu vida.
Mientras tanto, los vestidos aguardan pacientemente la llegada de la novia que dará vida a unos trozos de tela; irradian belleza cada que una posible compradora se acerca a ellos; es difícil no voltear a verlos cuando la pureza de su color acapara cada centímetro de la mirada. Ahí están, dispuestos a formar parte del sueño de amor de aquella mujer que decida decir, ante los ojos de Dios y del mundo, “sí, acepto”.

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