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El Campanario de la Catedral Metropolitana: Una Puerta al Cielo

 

México.- Terminada de construir, después de 200 turbulentos años, en al año de 1813, con un estilo arquitectónico ecléctico que conjuga estilos artísticos tales como el barroco, neoclásico y renacentista, la Catedral Metropolitana de México destaca, soberbiamente, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Su fachada, ornamentada con esculturas de santos icónicos del catolicismo (San Pedro, San Pablo, San Andrés, etc.), ejerce un efecto hipnótico en los visitantes, que no dejan de admirar su belleza. En lo alto, por encima de todas las esculturas y relieves, se encuentra un lugar pocas veces frecuentado por los feligreses: El Campanario.

Para tener el lujo de pisar el techo de la Catedral, y así llegar a su excelso campanario, primero se tiene que cruzar una pequeña puerta de no más de un metro sesenta de altura que interna a los visitantes en la torre oriente. Posteriormente, en la penumbra, hay que subir 62 escalones, ocho de ellos construidos de metal y 60 de piedra de cantera blanca, para llegar a un cuarto ascético en donde se recibe la bienvenida de un campanero, cuyas infinitas arrugas en su rostro evidencian los más de 40 años de experiencia laborando en el campanario de la catedral. Ángel Miguel, el campanero, invita a los presentes a subir más escalones en forma de caracol.
Después de interminables escalones anchos, carcomidos por el paso del tiempo, y de innumerables marcas de nombres, firmas, dibujos y frases mal escritas que profanan la santidad de las paredes de la catedral, se arriba a un espacio bañado de luz y en donde se pueden apreciar dieciocho campanas.
De los badajos de cada una de las campanas se extiende una gruesa cuerda hecha de metate, que se dirige al pie de una pequeña escalinata, las cuerdas se fusionan en ese lugar y quedan unidas, a espera de que llegue la hora de que el campanero jale de ellas dando vida a un majestuoso sonido que inunda todo el centro de la Ciudad de México.
Las ruinas de lo que otrora era el Templo mayor, símbolo del poderío azteca, se vislumbran desde lo alto de la torre oriente de la Catedral Metropolitana de México, símbolo de la hegemonía hispana sobre los aztecas. Por un lado se encuentra un lugar que servía para rendirle culto a Huitzilopochtli, por el otro el centro de veneración de la Virgen María y diversos santos, lo que denota el sincretismo religioso del que México se nutre para ser una de las culturas más interesantes en el mundo.
En esa torre, el espectador tiene el privilegio de apreciar las dos primeras campanas construidas para la catedral: la “Santa María de la Asunción” o “La Doña”, como la llaman los campaneros, y “San José”. Fundidas en el año de 1578, en la célebre calle de Moneda y con un peso de siete toneladas, dichas campanas gozan de ser las primogénitas y de que, a pesar de su edad, aún conservan la voz para llamar a los feligreses.
En contraste, al pisar en la Torre Poniente, se encuentra la campana más joven de la Catedral: “San Juan Diego”, construida en el año 2002, esta pequeña campana de apenas una tonelada tiene un largo trecho por recorrer. Una campana que causa gran curiosidad y expectación es una que tiene pintada una cruz roja, lo que la distingue de todas las demás, ya que ésta tiene una historia oscura tras de sí.
Dicha campana es conocida como “La Campana Castigada”, el campanero Ángel Miguel narra que en 1943 un campanero inexperto intentó girar esta campana de contrapeso para hacerla sonar, sin embargo “no se retiró a tiempo, fue golpeado e instantáneamente murió. Por lo anterior, los canónigos de esa época la amarraron y le quitaron su badajo, enmudeciéndola por más de 50 años. No fue sino hasta el año 2000, Año Jubilar o “Del Perdón” cuando el cardenal Adolfo Antonio Suárez Rivera la perdonó y le permitió volver a cantar.
El viento susurra delicadas melodías, el sol se posa sobre el exterior de las cúpulas de la Catedral, al girar la vista se pude observar la Torre Poniente con su excelso remate en forma de campana que lo corona. Estar a 67 metros de altura del zócalo capitalino, sobre una de las catedrales más imponentes del mundo genera una sensación de paz, tranquilidad y armonía, pero no es sencillo llegar ahí.
Las campanas repican, gracias al trabajo extenuante de Ángel Miguel, inundando el pequeño espacio, en donde moran, de serenos y dulces sonidos, el llamado a los fieles, el canto de la iglesia, voces que pueden simbolizar diversos llamados, pero que, sin duda, hacen a uno sentirse más cerca del cielo.

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